29 septiembre 2011

Crónica de la marcha: Ascensión al Jaro (1449m.) desde Vega de Liébana (24/9/11)

Os dejamos el relato de la marcha del pasado sábado que nos ha pasado Alfredo López, al que felicitamos por su trabajo.
…….
Suave amanecer en el primer día del recién estrenado otoño. Marcha conjunta de amigos del grupo de montaña “2.000 y pico” y del club “Peñas Arriba”. De nuevo, amistoso encuentro tras largo paréntesis veraniego sin vernos. Hay renovados deseos de caminar y compartir durante el trayecto y en la montaña.

Viaje hasta Vega de Liébana donde daremos inicio a la caminata, tras formar para inmortalizar el momento con la instantánea del reducido grupo. Partimos alegres y sonrientes entre el verdor de las praderas y árboles; algunos ejemplares muestran tímidos colores otoñales en sus lacias hojas. Comenzamos con amena conversación por un ancho camino, gris y pedregoso, con nubes y algunos claros, y agradable temperatura.

Vamos haciendo camino rodeados de bosque mediterráneo. A nuestro paso encontramos hojas y nueces entre piedras y pequeñas rocas de pizarra, lo que provoca recuerdos infantiles, por parte de Sotres y de quienes caminamos a su lado, de cuando, de niños en la escuela, escribíamos números y letras en pequeñas pizarras con los chirriosos pizarrines. También había de “manteca”, suaves y blanquecinos.

Ascendemos entre pinos, matorrales y frondosos nogales que dejan caer sus frutos por el suelo, aliviando la gran carga con la que nos obsequian este año. Debajo van quedando prados muy verdes e inclinados; en sus lindes, vistosos y amarillentos castaños. Divisamos Tollo y diversos barrios, con casas dispersas y en profundo silencio. Tras una pronunciada bajada, entre tupido ramaje, nueva subida hasta entrar en el pueblo. Primera parada, reagrupamiento y charla; al mismo tiempo reponemos fuerzas. Breve estancia y vuelta a caminar con encinas y frutales cercanos.

Ascensión dificultosa con abundante humedad y gran bochorno. A los lados, pequeños acebos sueltos, escobas, más helechos y escaramujos con su llamativo fruto rojo. Anécdotas al andar y preciosas vistas con nubes algodonosas sobre los riscos de las montañas en lontananza. Nuevo alto, ahora con un sol espléndido, en un pequeño pastizal, cual mirador natural, para contemplar las cumbres y sus escarpadas pendientes que terminan en angostos y sombríos valles. Nos encontramos a 1.200 m. de altitud.

Seguimos, ahora entre brezos, helechos y escobas. Apenas corre el aire. El sol se esconde entre las nubes proyectando sombras sobre declives cercanos, pero iluminando un grandioso horizonte. Ascendemos despacio y con cierta dificultad, aunque ganamos altura en breves instantes. El “Jaro” a la vista, cubierto de un verde manto con suaves tonos oscuros. Misterioso pico cónico con empinadas y prolongadas laderas. Los últimos metros los hacemos entre abundante maleza, trepando por una cresta rocosa hasta llegar a la cumbre. Nos detenemos en lo más alto.

La leve y fresca brisa alivia el cansancio del último esfuerzo. Contemplamos magníficos y pintorescos paisajes en los cuatro puntos cardinales. Una privilegiada atalaya. Sol, cielo, nubes, sierras, hondonadas, valles, pueblos… Conjunción de paz, admiración y pensamiento. Simbiosis entre personas y naturaleza. Estamos a 1.449 m. sobre el nivel del mar. Con la llegada de todos los excursionistas, nos sentamos a comer en la ladera norte del monte. Juntos, en armonía y con buen apetito, entre diálogos y sonrisas y algún trago de vino, comemos, descansamos y compartimos miradas, palabras y dulces. Toca marchar de nuevo. Recogemos. La despedida la hacemos en lo más alto, con bromas y fotos del grupo.

Descenso por la arista opuesta a la subida, percibiendo en nuestros rostros un viento suave y cálido. Al regreso el sol luce en lo más alto y calienta con fuerza. Nos adentramos en un majestuoso bosque de abundantes robles, con rugosos y gruesos troncos; algunas de sus alargadas ramas casi llegan a besar el suelo. Descendemos largo rato por el robledal a través de una sinuosa y vertiginosa senda, repleta de hojas, que nos lleva a la Collada del Salce, un lugar donde confluyen varios caminos.

Después de pasar revista, hacemos en pequeños grupos el final del recorrido hasta llegar a Lomeña, donde nos juntamos de nuevo, refrescándonos en la fuente de esta pequeña localidad. Actividad entre sus escasos habitantes, unos en el campo, otros descansan y algunos recogen nueces en los prados próximos a la carretera, por la cual caminamos en sombra y a media tarde, cruzando el río Bullón por un sobrio puente; en sus riberas, abundante vegetación con incipientes tintes otoñales y el rumor de sus cristalinas aguas.

Por fin llegamos a la Viñona, donde nos espera el autobús. Fin de la marcha. Agradecimiento a los montañeros del “2.000 y pico”; en especial a Alberto, que siempre estuvo pendiente de todos y supo guiarnos con cariño, paciencia y enorme entusiasmo. Reconocimiento también a mis compañeros del “Peñas Arriba” que, con su presencia y constancia, harán que el club se revitalice y volvamos a ser muchos más los que asistamos a la siguiente cita del 29 de octubre. Termino con un entrañable recuerdo para Luis, ausente desde hace unos meses, al que deseamos mucha suerte y pronta recuperación, tras la intervención quirúrgica que tiene pendiente, para que de nuevo podamos verle entre nosotros.
Gracias a los que me leéis y me entendéis. Hasta la próxima.
Alfredo López
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