El pasado sábado 9 de mayo, el club volvió a lanzarse a la aventura montañera con una ruta que unió las alturas campurrianas con las tierras palentinas de La Pernía, siguiendo el itinerario entre La Lomba, la Cueva del Cobre y Santa María de Redondo. La expedición, guiada por Santos —auténtico embajador de Campoo y conocedor de cada piedra de la comarca—, partió desde las inmediaciones de Alto Campoo rumbo a la fuente del Cobre, nacimiento del río Pisuerga.
'25 jornaleros de la gloria' comenzaron en la carretera que da acceso a la estación invernal de Alto Campoo, pasado el pueblo de La Lomba con un descenso amable hasta el río Híjar, atravesando el paraje de Puente Dé, para después adentrarse en el monte Milagro entre hayas y robles, en uno de esos tramos donde el paisaje parece diseñado por una agencia de turismo rural con exceso de entusiasmo. Después nos condujo por un pequeño sendero hasta alcanzar la pista que viene de Mazandrero, próximos al refugio de El Portillo, a una altitud aproximada de 1.460 metros. La subida hacia Sel de la Fuente, techo de la ruta con 1.785 metros, fue poniendo a prueba piernas y pulmones, aunque el grupo mantuvo el tipo con dignidad montañera… o al menos con resignación organizada.
Eso sí, hubo una pequeña escisión estratégica. Mientras el grueso del grupo siguió fielmente el itinerario previsto, los veteranos Sotres y Julio Ordorica decidieron aplicar el ancestral principio senderista de “si hay un camino más corto, existe por algo”. Ambos tomaron una variante alternativa, ligeramente más breve, y llegaron antes que nadie a la Cueva del Cobre, probablemente con tiempo suficiente para inspeccionar el terreno, filosofar sobre la dureza de la vida y preguntarse dónde se había metido el resto.
Finalmente, ambos grupos confluyeron antes de las 15:30 junto a la espectacular surgencia donde nace el Pisuerga, justo cuando el cielo decidió que ya habían disfrutado demasiado. Una tormenta repentina descargó sobre la cueva con ese dramatismo tan característico de la montaña cantábrica, obligando a improvisar refugios, acelerar bocadillos y mirar al cielo con la expresión clásica de quien recuerda que el parte meteorológico “era orientativo”.
El tramo desde la cueva hasta el pueblo de Santa María de Redondo fue de 7 kilómetros.
A pesar del agua y del sobresalto final, la ruta dejó una magnífica impresión: bosques espectaculares, panorámicas de montaña y el privilegio de alcanzar uno de los rincones naturales más emblemáticos del norte peninsular. Porque al final, en toda buena excursión, siempre hay tres elementos inevitables: barro, lluvia… y alguien que llega antes por el camino corto.
¡Hasta la próxima ruta!







































































