El pasado sábado 18 de Julio el club volvió a poner rumbo a uno de esos rincones de Cantabria que nunca defraudan: la Braña de Los Tejos. Aunque no era la primera vez que la visitábamos, en esta ocasión estrenábamos una variante que prometía un final diferente, descendiendo hasta el escondido pueblo de Cires, en el valle de Lamasón.
Partimos desde el bonito pueblo de Cicera,
siguiendo la antigua cambera que durante generaciones utilizaron los vecinos
para alcanzar los invernales de Cordancas,
siempre acompañados por el rumor de la riega que discurre paralela al camino.
Pero antes incluso de dar el primer
paso, la jornada ya nos había regalado uno de esos momentos que justifican
cualquier madrugón. La familia de Ramón Rubín nos
recibió en Cicera con una hospitalidad difícil de olvidar. Su cercanía, sus
sonrisas y su generosidad hicieron que durante unos minutos nos sintiéramos más
vecinos del pueblo que simples excursionistas de paso. A veces, el mejor
paisaje no es una montaña, sino las personas que uno encuentra en el camino.
La marcha comenzó con una ascensión
constante hasta el refugio del Murón. A partir de allí, el sendero se adentró
en un magnífico hayedo que nos protegió del sol durante buena parte de la
subida. Entre curvas, raíces y el agradable frescor del bosque, el grupo fue
ganando altura con la serenidad de quien sabe que las prisas solo sirven para
llegar antes al cansancio. Tras superar las inmediaciones del Collau Pasaneu, la
niebla nos cubrió y un último esfuerzo nos condujo a la Braña
de Los Tejos, situada a 1.414 metros de altitud, un paraje que
continúa conservando ese aire misterioso que le han otorgado las leyendas
durante siglos.
Después de la obligada parada para
recuperar fuerzas; comimos cerca de allí y con algo de frío y lluvia fina,
emprendimos el descenso hacia Cires
alternando pistas forestales con senderos que atravesaban los collados de Treslaventa y Joldupe. Precisamente en este tramo pudimos comprobar el excelente
trabajo realizado por el Presidente de la Federación Cántabra
de Montaña, que había limpiado un sendero utilizado como atajo
hasta Cires. Gracias a esa labor, el
paso resultó cómodo, seguro y perfectamente transitable. Una intervención
discreta, pero de esas que solo se valoran de verdad cuando uno recuerda cómo
estaban muchos caminos años atrás.
La ruta, catalogada como de dificultad
baja por sus cerca de 900 metros de desnivel tanto de subida como de
bajada, confirmó una vez más que las cifras sobre el papel siempre parecen más
pequeñas que cuando las sienten las piernas. Aun así, el grupo respondió con
solvencia y buen humor, aunque hubo quien aseguró muy convencido que el
desnivel estaba mal medido... probablemente porque lo estaba calculando con los
gemelos.
La llegada a Cires puso el broche perfecto a una jornada marcada por el
compañerismo, la belleza del bosque, de los Tejos y el buen ambiente. Una
marcha que volvió a demostrar que el éxito de una salida no depende únicamente
de alcanzar una cima, sino de compartir el camino con personas dispuestas a
disfrutar de la montaña, a agradecer el trabajo de quienes cuidan los senderos
y a valorar la hospitalidad de quienes abren las puertas de su pueblo con la
misma naturalidad con la que nosotros abrimos la mochila para sacar el
bocadillo.
Y
cuando parecía que la aventura había terminado, todavía quedaba el último reto
de la jornada: el viaje de regreso en autobús. Después de casi 8 horas de
caminata, con las piernas pidiendo una tregua y el cuerpo reclamando cualquier
cosa que produjera aire fresco, el interior del vehículo se convirtió en una
improvisada sauna sobre ruedas. El conductor no puso el aire acondicionado
hasta que el autobús se encontraba ya a escasos pocos kilómetros de Santander.
Para entonces, algunos excursionistas habían alcanzado un avanzado ‘estado de
maduración’ y empezaban a sospechar que el chófer estaba entrenándonos para una
futura expedición por el Sáhara o peor, a guardar cola durante 5 horas en “Pollos
Amavisca” en Laredo. Cuando, por fin, comenzó a salir el ansiado aire frío, la
sensación fue tan celebrada que solo faltó ponerse en pie para reclamar como
mínimo una bajada de precio o un cambio nuevo de empresa de buses para la próxima
ruta.
En
definitiva, otra magnífica jornada para el recuerdo. Porque las montañas
seguirán donde están, pero la acogida de la familia Rubín, el sendero
impecablemente recuperado hasta Cires
son esas pequeñas historias que convierten una simple marcha en una auténtica
aventura digna de ser contada.
¡Hasta
la próxima ruta!

































































